La belleza y el centro

Definir la belleza es algo tan complicado que ha requerido de vidas completas de mentes brillantes. Jenofonte cinco siglos antes de nuestra era ya reflexionó hasta la saciedad para concluir en una tríada de concepciones que pudieran, juntas y por separado, aglutinar la Verdad de esta proposición: ideal, espiritual y funcional. Casi a la vez, Platón describía a la belleza como la idea que reside en el alma y desde ahí, con el matiz del neoplatonismo y el Cristianismo, otros autores desarrollaron este complejo pensamiento. Santo Tomás de Aquino sentenció que la belleza era simplemente aquello que agradaba a los sentidos –un planteamiento que por detrás se ampliaba con el Deus ex machina–, lo cual dio nacimiento a un nuevo concepto que tamizado es el que ha llegado a nuestros días gracias a autores como Perrault, Goethe, Galton o Hans Christian Andersen –la importancia de los cuentos y la literatura infantil es fundamental en nuestra articulación mental contemporánea–. Aun así, con dos milenios y medio de desarrollo intelectual y filosófico, personalmente voy a quedarme con la definición y disección que de la belleza hizo el historiador griego citado al principio.

La belleza es ideal, espiritual y funcional y puede encontrarse en todas las cosas que forman parte de la naturaleza salvaje, la domada y la creada por el hombre. Pero entonces ¿dónde encontramos esa sublimación en el ámbito del balompié? En este inicio de temporada, particularmente, estoy resolviendo a esa pregunta en algo que por antiguo ha sido desechado y que ahora, en casos puntuales, estamos volviendo a disfrutar: los extremos naturales. Desde que Aimé Jacquet revolucionó el fútbol en 1998 con su imposición del 1-4-2-3-1 la escasez de atacantes hizo que el número de disparos a portería se redujese considerablemente ¿cómo aumentar los chutes? Sencillo: si sólo disponemos de un delantero que pueda rematar los centros, no pasemos balones al área y convirtamos a esos asistentes en lanzadores. ¡Cambiemos a los jugadores de banda de su posición natural!

Con esta simple permuta ciertos futbolistas han conseguido llegar a cimas impensadas hasta entonces –desde Cristiano Ronaldo y Messi hasta Henri, Ronaldinho, Silva o, ahora de moda, Memphis Depay–, pero en la otra balanza hemos perdido parte de la belleza que nos regalaba el fútbol: la carrera del extremo hasta la línea de fondo y el centro medido –sin recortes ni regatitos absurdos que dan tiempo a que lleguen más defensas– a la cabeza del delantero que remata a gol en un escorzo estético como pocos. Esa acción sencilla, centro y remate, apenas puede deleitarse en su máxima expresión, el tanto, en partidos contados y con equipos específicos que aún juegan a eso. No obstante, cuando ocurre, el placer que se experimenta fruto de esa belleza es enorme. Un ejemplo del que estamos disfrutando este arranque de temporada es el del Bayern de Munich y su conexión Douglas Costa-Robert Lewandowski. Los centros medidos a la cabeza del polaco mientras el brasileño corre la banda son una delicia y además responden a la perfección a la definición de belleza que dimos al principio: son ideales, pues las partes que lo componen son perfectas; son espirituales, ya que reflejan el fin último del juego, el camino al gol por los medios más sencillos posible; y son funcionales, puesto que cumplen con la tarea que tienen los jugadores para ganar el choque, es decir, los tantos. Así, pocas cosas más podemos usar para llegar al éxtasis que este deporte nos causa, si en él encontramos la belleza más absoluta y, aunque en cuenta gotas, nos produce la emoción de no ser simples consumidores de un producto material.

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