Contra el pesimismo

En un período de nuestra Historia en el que parece que todo lo que nos rodea es malo, que el porvenir pinta funesto y que el pensamiento general de la sociedad está constantemente teñido de negatividad, el fútbol no aparece como un oasis, como un bálsamo ante tanto derrotismo. Resulta que este deporte, con tintes cada vez más acentuados de religiosidad y no de juego, se está sumando a esa ola deprimente. No es que sea algo nuevo –el entretenimiento siempre va de la mano de la sociedad que lo consume–, pero sí que en las últimas semanas se ha notado ante mí un poco más.

Un ejemplo nítido de lo que vengo a contaros es la entrevista que hace pocos días concedió Carlos Terrazas al diario El País. El técnico vizcaíno, en plena racha de éxitos por el buen devenir del Mirandés en la Copa del Rey, hizo un alegato sencillo y modesto sobre la figura del entrenador y, más concretamente, sobre la de aquellos que desarrollan su afición semiprofesionalizada en campos de albero, césped artificial o, como todo un lujo, barrizales cubiertos de hierba más o menos decente. El bilbaíno estuvo correcto. Sin embargo, cuando uno se acerca a la propia pieza periodística lo que más destaca es su titular. Casi como una oda a la derrota, el entrevistador/transcriptor se queda sólo con la parte amarga del balompié y casi que por sistema descartó el discurso ilusionante de Terrazas sobre sus avances en el antiguo –y añorado– Torneo del KO. El periodista se alineó directamente con esos hípster aficionados a lo lúgubre.

La segunda muestra que traigo es más personal y, por desgracia, no tengo cómo demostrar el hecho. En la previa de la pasada vuelta de los octavos de final de la Copa del Rey, mientras me dirigía al Sánchez-Pizjuán coincidí en el camino con un padre y dos hijos que estrenaban la primera decena. Todos, los cuatro, equipados con nuestras camisetas, bufandas y resto de ornatos propios de la animación balompédica, íbamos animosos ante la reedición de un nuevo Derby de Sevilla (como los voy a echar de menos después de la aniquilación de los mismos dentro y fuera del tapete) con pinta muy halagüeña. Pero, de buenas a primeras y ante preguntas históricas de los niños, el padre comenzó a relatar historias pesimistas y tristes de un Sevilla F.C. que desapareció y de otros equipos que ganaron y ya no lo hacen. Sentenció el adulto aquella conversación con los púberes espetando muy serio: “aquí se viene siempre a ver perder”. Lástima de amargura, pues vayas a lo que vayas él mismo no se daba cuenta que esos equipo que rememoraba habían ganado y hecho disfrutar, por lo tanto, serían vencedores siempre. Esos equipos, históricos y presentes, nunca dejarán de ser ganadores, porque en su memoria, pasada y actual, siempre brillan los éxitos, sobrando, de esta manera, el pesimismo y la derrota.

El fútbol, desde sus orígenes siempre fue un espectáculo alegre, de diversión, motivo de fiesta en los lugares en los que se practicaba ¿por qué ahora se quiere ver, escudados por el ansia de la competitividad, (nota para Merino y su mal ejemplo) como una cuestión de vida o muerte? El balompié ha de ser alegre cuando ganas, pero también cuando pierdes, ya que te da el motivo perfecto para volver a calzarte las botas y a correr más que el rival. Dejemos el pésimo ambiente para las sesiones del Congreso, el Parlamento y los Ayuntamientos. Al estadio o vamos a divertirnos y con la esperanza de ver ganar a los nuestros o quédense en sus casas.

¡Viva el fútbol!

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