El Sevilla, Lutero y la fe

Que el Sevilla Fútbol Club es un equipo que en los campeonatos regulares difícilmente dejará de ser sólo un aspirante, es algo tan probable como que esta noche suene mi teléfono y sea Miranda Kerr rogándome que la lleve a la Velá de Santa Ana y Santiago (pobre patrón, ya nadie se acuerda de él en Triana). El balompié se ha convertido en un deporte-espectáculo en el que pez grande siempre va a comer a pez chico. Esta nueva cadena trófica imposibilita que las sorpresas animen este juego en el medio o largo plazo y convierte a las esperanzas de los aficionados de clubes modestos y medianos (los auténticos amantes del fútbol) en sueños de noventa minutos o, como mucho, de torneos del KO.

Anda que no le iba a gustar la Velá...

Anda que no le iba a gustar la Velá…

En cualquier caso, esta columna no es otro alegato más que manifiesta su “odio al fútbol moderno” (al cual se suman cientos de miles que luego sólo ven a los grandes en España y en el resto de países europeos). Este texto no es más que una nueva reiteración del milagro de los panes y los peces que en cada tránsito de campaña se produce en Nervión. El Sevilla se parece mucho a esos estudiantes que cuando acaban el curso prometen el máximo esfuerzo para el siguiente y que, cuando comienza éste, vuelven a partir de la nada para dar su máximo rendimiento cuando el calor aprieta otra vez. El Sevilla es el ave fénix del fútbol.

Sin embargo, a pesar de que fijar el timón de codaste en una única dirección ha dado unos rendimientos exponenciales y que la política del club sea referente para muchas instituciones deportivas, en el alma del Sevilla el miedo acompaña a las cenizas. Un buen sector del sevillismo pasa el verano acongojado bajo la sombrilla –para evitar el Sol también– ante la posibilidad que el Mao Tse Tung de Utrera venda el escudo y decolore las equipaciones porque sean más baratas. Es duro que cada año traspasen a los jugadores carismáticos, con calidad o proyección, pero es una política innegociable y a la que todos los socios deberían estar más que acostumbrados. No obstante, ni hay aclimatación ni se supera uno de nuestros mayores males: la protesta. El sevillista es fiel hijo de Lutero.

Quizás esta sea la causa que explica muchos comportamientos. Como vástagos del herético agustino, la devoción en los santos es algo abominable, digno de hoguera y destrucción. A algunos aficionados blanquirrojos les es imposible creer en el santoral católico o dar la razón a las santas mujeres que no dudaron de la Resurrección de Cristo. Como los apóstoles, ciertos socios prefieren quedarse en casa –mejor en el bar– lamentándose de las malas noticias, sin guardar esperanza de ningún tipo: ¡este año sí! ¡A Segunda del tirón con Sampaoli y Juan Muñoz de delantero! Pero otros tantos creen que el resurgimiento puede ser posible una temporada más, que la dirección deportiva volverá a dar con la tecla y que el Hombrecito revolucionará esto para contentar al sector que protestaba las victorias de Emery por antiestéticas.

En el Sevilla caben todos –así lo manifestó el presidente Gallego en la redacción de los estatutos–, pero aprietan más los que creen en nosotros mismos. El futuro es desconocido para todos, pero está claro que el camino lo conocemos sobradamente: que suene la sinfonía de San Fernando y los laureles retornen en mayo o que el cañonazo dé en el agua y no haya panoplias de victoria en primavera. O una cosa o la otra, pero es innegociable el modelo: todo está en venta para pagar a lo que quede y sumar sangre fresca y con hambre. Yo creo en este sistema y a los hechos me remito.

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